Sábado, 04/04/26
Enseñanza gratuita
«Si para ti todo es dinero, ¿por qué buscas lo espiritual?»
Shambhu
Cuenta la tradición que en Japón, en los antiguos monasterios de Zen, antes de permitir la entrada al aspirante a monje, se lo mantenía esperando en la puerta varios días para que mostrara y demostrara su interés en la enseñanza. La tradición budista y muchas otras de la Philosphia Perennis, o metafísica tradicional, obligan al discípulo a solicitar hasta tres veces la necesidad, de ser instruido en aquél conocimiento que le diferenciará del resto de los seres ordinarios.
¡Qué diferente de hoy en día! donde gracias a la almibarada “Nueva Era”, o espiritualidad a la Carta, semejante voluntad se da por supuesta de antemano, evitando aquél otro proceso de selección que resultaba imprescindible, por su capacidad de filtrar la búsqueda genuina de la falsa; aunque en última instancia no lo garantice. De este modo, el posible aspirante a discípulo pasa a ser un cliente, y la enseñanza una transacción comercial. ¿Puede así existir transmisión genuina?
– «¡Hombre…! Es que siendo espiritual, tal enseñanza no debería de cobrarse». – «Y… ¿por qué no, por favor?». Diseccionemos la situación para alcanzar su mejor comprensión. Ciertamente, el auténtico precio de la enseñanza es en extremo elevado; algo a descubrir a su debido momento. Tanto, que no es posible evaluarlo en una cantidad monetaria. No hay dinero en el mundo que pueda comprar un solo minuto más de tiempo de existencia, ni un instante de lucidez.
En Oriente, el discípulo comprende, agradece y valora la naturaleza espiritual del maestro y su dedicación. Por ello, ayuda de manera voluntaria a su sostenimiento económico, sin que sea necesario solicitarlo. Se ha dado cuenta de que, al haber trascendido el mundo material, necesita de un soporte externo que le ayude a continuar compartiendo su enseñanza a través de su presencia, mirada, y a veces también de la palabra. Así, el abismo que media hasta el ánimo de lucro es evidente.
Semejante tesitura se comprende en Oriente con total naturalidad, pero no ocurre así en Occidente, donde la cultura de lo “gratis” ha invadido el subconsciente colectivo. En su infantil ingenuidad, el occidental pretende una enseñanza gratuita bajo el paraguas de una compasión por parte del maestro. Así, ocurre que cuando se solicita un intercambio energético en forma monetaria o de trueque, emerge la desconfianza, cuando no la sospecha, camuflada en forma de duda.
De esta manera, la transición del «discípulo» a ser un mero «cliente» sucede de manera automática, con la sensible disminución de las posibilidades reales del éxito a la hora de llevar a cabo un trabajo tan profundo como transformador, y por lo tanto liberador. Al dejar de ser un discípulo para verse convertido en un cliente, su ego se ve ensalzado por la posibilidad de comprar un conocimiento esotérico, los supuestos secretos de la magia… o, cualquier otra cosa más que se pueda imaginar.
Cuando en realidad no es así. El discípulo no compra nada, porque la comprensión no se la puede comprar. Mientras, el maestro se encarga de poner las condiciones idóneas para que algo suceda en el interior del discípulo, y que finalmente el ego caiga derrocado por la luz de la consciencia. El hombre occidental, ciego por su ignorancia, ignora la labor ingente y el gasto de energía que supone semejante derrocamiento, mientras se limita a decir: «Si es materia espiritual ¿por qué he de pagar?»
Silencio Interior – Escuela
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