Miércoles, 30/09/26
Escuela pitagórica. Condiciones de ingreso – Una curiosidad
Pitágoras, en tanto que maestro, no admitía a cualquiera en su escuela. Diseñó un largo y duro proceso de selección que comenzaba con un estudio fisiognómico; luego se preguntaba al aspirante cómo se llevaba con sus padres y el resto de sus parientes, cómo pasaba el tiempo libre y qué cosas le causaban tristeza o alegría; durante la entrevista se observaba si reía en momentos inoportunos, si callaba o si hablaba más de lo debido. Por último, se examinaba su facilidad para memorizar.
Tras superar ese examen inicial, se sometía al aspirante a un período de prueba de tres años y luego debía guardar silencio durante cinco años. Esta última prueba –la más difícil– permitía asegurarse de que los aspirantes tenían un carácter dócil y sabían dominarse a sí mismos. Durante ese tiempo asistían a las clases del maestro, pero escuchaban sus palabras sin verlo, puesto que estaba oculto detrás de un velo. A estos discípulos se les llamaba «exotéricos», es decir, «los de fuera [del velo]», o bien acusmáticos, «oyentes».
Después pasaban al nivel superior, en el que podían ver a Pitágoras y seguir sus lecciones dentro del velo, lo que comunicaban por escrito a sus familiares como si hubiesen conseguido algo extraordinario. Estos discípulos recibían el nombre de «esotéricos», es decir, «los de dentro [del velo]» o matemáticos, palabra formada sobre la raíz griega de «aprender», porque aprendían mejor y con más exactitud los intrincados razonamientos y los conocimientos más profundos del maestro.
Cuando alguien preguntaba a Pitágoras quién era, respondía: «Un filósofo». Inventó esa palabra, que literalmente significa: «amante de la sabiduría», porque reservaba el término de «sabio» (sophós) para la divinidad. Para que se entendiese mejor su actividad, explicaba que la vida se parece a un festival donde unos vienen a competir, otros a ganar dinero, y los más dignos vienen a observar. Es decir, a unos los poseen la gloria; a otros el deseo de riquezas; y a otros, los filósofos, la contemplación de las cosas.
Como maestro espiritual que fue, no dejó nada escrito. Además, impuso el secreto más absoluto sobre sus enseñanzas, por lo que fue inevitable la pérdida de valiosos conocimientos, así como también una inevitable confusión sobre sus doctrinas.
Silencio Interior – Escuela
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Pitágoras, 570 – 490 a. C.
