A los que meditan, y a los que no.

 

Si hubiera sabido del combate a que se vio sometido aquella fría y ventosa tarde de invierno probablemente hubiese metido la cabeza bajo la almohada, el cuerpo entre las cálidas mantas, y no habría salido en todo el día. Sin embargo, allí estaba, en plena acción, en el más álgido fuego de la interpretación. Hacía aquello que tan poco le agradaba, y sin embargo, lo hacía con todas sus fuerzas. Sólo él era capaz de mantener una total calma exterior, mientras que en su interior libraba un feroz combate.

Sostenía la espada larga en su mano izquierda alzada por encima de la cabeza, dispuesta a asestar un nuevo y esperanzador golpe que fuera definitivo a la hora de acabar, de una vez por todas, con aquello que tanto le hacía sufrir. Mientras, la mano derecha, portadora de la espada corta, se encargaba de asestar certeros, severos y fluidos desplazamientos con un rápido y habilidoso estilo forjado a lo largo de tantos y silenciosos combates.

No obstante, a pesar de su destreza, tan sólo lograba infligir insignificantes y superficiales heridas a su enemigo. Era incapaz de tocarlo en un punto tan vital que no volviese a resucitar nunca más. A lo sumo, conseguía ser engañado con una muerte momentánea que lograba acallarlo durante un tiempo más o menos largo. Demasiado bien sabía que después volvería al ataque. Y lo peor, que lo haría con una nueva, inteligente y sutil táctica. Sin embargo, esta vez sentía que todo era diferente. Ahora se trataba de un comba a muerte. A muerte real.

Decidió relajar. Descendió con suavidad la espada corta que sostenía en su mano derecha, mientras mantenía la larga en alto. Respiró profundamente varias veces. El aire que inundó sus pulmones renovó la energía de su cuerpo. Aquello le proporcionó un alivio momentáneo. Lentamente desplazó la atención por todo su cuerpo. Comenzó en la coronilla y finalizó en la punta de los dedos de los pies. Repitió la operación varias veces.

Esta antigua técnica, aprendida en tiempos de juventud, le concedía un extraño estado de lucidez, que ahora más que nunca le iba a ser necesario. El recorrido de la atención se deslizaba más y más rápido, hasta el punto en que llegó a percibir todo su cuerpo en un solo instante, en un puro presente continuo.

Sus pulgares acariciaron los sudados cordeles de la empuñadura. Sintió la rugosidad de la fina cuerda. Percibía con claridad cómo su cuerpo estaba separado de él, sabía que él no era su cuerpo. De repente, las rodillas se flexionaron ligeramente, era una señal: el combate se reiniciaría de inmediato.

  • ¡¡¡ Ahora !!!

No hubo tiempo para reflexionar sobre ningún pensamiento, sólo para actuar. Un salto hacia atrás, un sablazo que desplazó en vertical hasta casi rozar el suelo. Un nuevo salto, ahora lateral. Un giro y… ¡allí estaba de nuevo!

Por un instante la fuente de su sufrimiento se le apareció delante, o al menos eso creyó. No dudó. Se lanzó con la espada larga de frente y en línea recta hacia su objetivo. Un pavoroso grito emergía de su abdomen:

– ¡¡¡ Ahhhh !!! – Al fin lo había alcanzado.

Pero no, aquello no podía ser alcanzado porque, aunque en apariencia parecía tan auténtico, lo cierto es que no era real, era pura ilusión. Lo que vislumbró no fue más que una de sus doce mil formas con las que se solía disfrazar.

Y así, ocurrió que justo cuando la espada larga comenzó a penetrar punzante por la garganta de su enemigo, una neblina densa, fría y metálica lo envolvió y se lo llevó allí donde resultaba inalcanzable, desapareciendo de su vista.

La alegría se esfumó. En su lugar, un noble silencio invadió el espacio, ahora vacío. Sin embargo, mantenía la guardia en alto. Permanecía en lúcida alerta. Sabía que no debía dormirse. El silencio reinaba. No podía abandonar ahora.

Sintió deseos de orinar. La necesidad de orinar apareció en el campo de su consciencia de forma repentina. ¿Sería una necesidad real? Se preguntó a sí mismo ¿No se trataría de un nuevo ataque de su enemigo? Dudas, preguntas… palabras y más palabras.

Su experiencia le decía que cualquier tipo de cuestionamiento era un indicio evidente de que, en efecto, sí se trataba de un nuevo ataque. No obstante, esta vez no permitió que el pánico lo arrastrara. A fin de cuentas, el pánico tan sólo era una máscara más. Sabido esto, permaneció inmóvil y se limitó a observar la necesidad de de orinar.

Permaneció en profunda quietud. En esta ocasión, su enemigo estaba localizado y acorralado gracias a su firme determinación de no ceder. Los deseos de orinar aumentaron, y con ellos la perseverante decisión de no moverse. Pasados los momentos de crisis, la inmovilidad permitió el acceso a una dimensión diferente, donde una paz sublime lo inundó todo de serenidad.

La espada larga continuaba en alto. La corta apuntaba al suelo. Estaba alerta, preparado y dispuesto a todo. Decidió aflojar la tensión de su cuerpo. Sabía que su enemigo no podría atacar por dos flancos a la vez, precisamente esa era su debilidad.

Notaba la vejiga llena y ciertas punzadas en el extremo de la uretra le anunciaban la imperiosa necesidad de orinar. ¿Qué hacer? no iba a perder aquel combate. Mantuvo la guardia alta y en perfecta inmovilidad. Estaba decidido a llegar hasta el final en aquella postura, la cual era el reflejo de su actitud interna.

Al relajarse, experimentó cómo un tibio líquido amarillento manchó los pantalones en su descenso hacia el suelo a través de la cara interna del muslo. Pero, no se había dejado arrastrar. Había ganado. Y sin embargo, no sentía fuerzas para experimentar la alegría del triunfo. Se sentía cansado, muy cansado. ¿Cuánto tiempo llevaba librando combates? Tenía la sensación de llevar toda la existencia y al mismo tiempo un solo instante.

Comparó el mundo exterior con las imágenes del cine que al sucederse a gran velocidad acaban por parecer reales, pero que en realidad no lo son. Ahora, real sólo sentía que era él, el mundo había desaparecido por completo.

Una suave y aparente penumbra le envolvió. Sintió como si cayera en un profundo abismo. Caía y caía sin cesar. Caía hacia su interior, descendía en vertical hacia una profundidad infinita. ¿Quién era? Se preguntó. ¿Dónde estaba aquél “yo” al que durante tanto tiempo había concedido tanto valor y significado?

No hubo respuesta. El silencio le invadió. Supo que había ganado aquel combate. Sí, al fin lo había conseguido. Pero, en aquel singular estado no había ni quedaba nada más que él. Ni pensamientos, ni emociones, tan sólo existía una pura sensación de ser.

La paz le inundó y el infinito lo llenó de eternidad.

En el mundo exterior, seres irreales extendían una manta sobre el cuerpo sin vida del mendigo.

  • Otro más.
  • Sí, todos los inviernos pasa lo mismo.
Combate – Un cuento

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