Fotografía meditativa

Nuestras fotos son una sucesión de instantáneas robadas al momento presente. Carecen de ninguna otra pretensión que no sea la de captar qué es lo que sucede en el más puro aquí y ahora, bien sea en el mundo exterior como en el interior, sin importarnos demasiado la técnica, estética, belleza o composición. Simplemente, permitimos que la cámara capture aquello que previamente ha logrado captar nuestra atención, sea lo que sea.

Una vez anclado el instante presente en la memoria fotográfica, sobreviene la siguiente captura, la cual puede ocurrir en el siguiente segundo, minuto o pasado más tiempo. Cada imagen es en sí misma, careciendo de cualquier otra pretensión. Sin embargo, todas las imágenes terminan contando por sí mismas una narración propia e íntima. La siguiente toma no tiene por qué estar relacionada con la anterior, o tal vez sí.

Sea como fuere, todas las fotografías tienen el mismo denominador común: la conexión de la consciencia de aquél que capta una realidad, y presiona el botón disparador de la cámara, con la persona que contempla el resultado final, estableciendo un vínculo directo e íntimo a través del hilo invisible de la consciencia, generado a través de lo que podríamos denominar fotografía meditativa.

 

El acto fotográfico

El acto fotográfico es un proceso compuesto de tres fases elongadas en la dimensión temporal. En un primer lugar aparece el darse cuenta, la toma de consciencia que ocurre cuando algo, lo que sea, acapara nuestra atención. Le sigue la captura con la cámara y posterior procesado, bien sea en digital o analógico. Aquí es donde la técnica ocupa su lugar predominante. Finalmente, tenemos la fase de la presentación en el mundo, a fin de compartir el instante de consciencia por medio de la imagen fotografiada. Ahora es el momento de la exposición, el libro, la proyección, el PDF, etc.

Ver algo, darse cuenta de algo es mucho, pero no suficientte. Es preciso el acto inherente al darse cuenta. Sin la acción consecuente, la toma de consciencia quedará diluida en la memoria, cuando no enterrada y olvidada entre las siguientes impresiones. Esta acción, siempre inherente al darse cuenta, es una de las enseñanzas más sutiles de la fotografía.

Desde éste ángulo de pensamiento no cabe la posibilidad de considerar las imágenes como «buenas o malas». Todas las fotografías son la materialización de un instante de consciencia. Ahora bien, no basta con capturar aquello que ha llamado nuestra tención. No es suficiente con la sensibilidad, se hace también preciso saber plasmar aquello que ha capturado nuestra atención. Aquí es donde la técnica, unida a la sensibilidad, tiene mucho que decir y hacer.

 

Espacio y Luz

Hubo un tiempo en el que a la hora de tomar fotografías tan sólo me interesaba captar la luz. Ahora, con el paso de los años, tan sólo me interesa el espacio. El asunto es que tal espacio aparece pleno de luz. Y la luz revela objetos y sujetos.

Es inevitable que suceda. De esta manera, objetos nuevos y viejos, así como sujetos hermosos o feos aparecen en las imágenes. Belleza y fealdad comparten un mismo espacio y están iluminados por la misma luz, sin llegar a excluirme.

Intentar captar el espacio a través de la luz se ha convertido en una cuestión de aprender a ver en vez de conformarme con sólo mirar, y así evitar extraviarme por entre los numerosos objetos y sujetos que me rodean, por muy bellos que puedan llegar a parecer.

Es posible que este modo de percibir el mundo y a los demás resulte singular, pero no lo es. Muy por el contrario es algo natural. Lo más natural. A través de la fotografía tan solo pretendo compartir este diferente prisma de visión. ¿Quizás podría decir de comprensión? Quizás…

 

Ver lo invisible

En realidad, y aunque parezca lo contrario, la cámara tan sólo hace una cosa: captar el espacio invisible, el cual aparece siempre, si se lo saber ver. Facilita su “visión” una adecuada disposición de los objetos, es decir a través del encuadre y la composición.

Ahora bien, tal composición no ha de estar necesariamente sometida a reglas y patrones clásicos, los cuales no dejan de ser esquemas mentales, sino que más bien han de ser el fruto de un saber “ver” del fotógrafo, cuya mirada ha de saber captar la dimensión espacial a través de los objetos.

Resulta sumamente fácil extraviarse entre los objetos y la estética, así como un poco más difícil tratar de encontrar lo invisible en lo visible. Sin embargo, una vez que se ha captado la esencia del asunto resultará inevitable ver lo invisible entre lo visible.

¿Quiénes han hecho que la fotografía se escriba con letras mayúsculas? Aquellos que han sabido ver más allá de las formas sin perderse en el fondo, captando el espacio intermedio que todo lo contiene.

A veces, sucede por azar. Tomamos una imagen y sin conocer la causa nos transporta a otra dimensión. Ello es debido a que hemos percibido lo invisible en lo visible. La representación de la realidad que, a fin de cuentas, es la fotografía, puede llevarnos a lo Real.

 

Naturaleza inefable

Era verano y mi prima María José se fue a vivir a Vera (Almería), por lo que decidimos acercarnos a verla y de paso aprovechar para volver a Cabo de Gata, paraíso de la fotografía. Con mi prima pasamos un día entero. Comimos paella, paseamos por la playa, e hice fotos que se las envié a los pocos días de regresar a casa.

¡Qué fotos más buenas hace tu cámara! Fue la respuesta que obtuve. La cual, en un principio me hizo gracia, pero después fue motivo de reflexión. Era evidente que detrás de la risa irónica ante semejante respuesta se encontraba un ego dolido en su amor propio, pues ¿quién sino yo había hecho aquellas “magníficas” fotos?

Sin embargo, después, una vez trascendido aquél ridículo enfado, la ironía se tornó en pregunta: Realmente, ¿quién tomó aquellas imágenes? Bien mirado, no hice nada, excepto encuadrar y pulsar el botón. Luego, en verdad ¿quién tomó aquellas pocas decenas de capturas?

Al no aparecer respuesta alguna en mi mente, me llegué a sentir sin entidad individual y parte de la cámara. Comprendí que las cosas suceden sin que nadie haga algo por ello. En nuestro ilusorio juego gustamos creer, imaginar, suponer… que sí, que soy yo quien hace la toma fotográfica a ese paisaje, objeto o persona, pero no es cierto.

El acto fotográfico sucede. La cámara registra y el fotógrafo es un operario al servicio de algo superior que le maneja igual que a una marioneta. La cámara es un objeto también al servicio de algo que supera nuestra mente y que sólo durante un fugaz instante es posible intuir el vislumbre de ese algo que nos supera, cuya naturaleza es inefable.

 

Espacio vacío e invisible

Entre la forma y el fondo existe un vacío invisible que la cámara capta pero el ojo, en su desaforada búsqueda de algo en lo que apoyar la mirada (nitidez, luz, color, textura, ritmo, escena, sujeto, objeto, etc.) no termina de ver, pasando por alto lo que quizás sea  lo más importante de la captura fotográfica: el espacio vacío e invisible. Aquello que nos contiene a todos y a todo.

Esta es la verdadera magia de la fotografía. Da igual el objeto o sujeto fotografiado. Da igual el fondo o lo que suceda en la escena. Sea lo que sea, sucede siempre en un espacio infinito y eterno que la mente no puede concebir y el ojo no lo logra captar. Ese espacio vacío e invisible es aquello que somos y sólo es posible su percepción a través de la consciencia despierta.

Ese espacio no sólo nos contiene sino que además es nuestra auténtica y común naturaleza. Una vez que se lo ha comprendido por vía de experiencia, se lo busca. Una vez visto, no es posible dejar de verlo. Para ese momento, el fotógrafo que saber ver ya no se conformará con solo mirar, evitando captar sólo la realidad aparente. Muy por el contrario, buscará ese espacio vacío de contenido que se saber ser.

A veces ocurre que se cae en el estado de fascinación que un determinado objeto o sujeto nos despierta, llegando incluso a olvidar la percepción de lo importante: el espacio vacío e invisible. Sin embargo, pronto la mirada contemplativa vendrá a nuestro rescate y su percepción será una evidencia. Ciertamente se lo sigue sin ver, a cambio se lo presiente, que es todavía un sentimiento de mayor calado.

En estos momentos la imagen fotográfica exhala una atmósfera de misterio que resulta idónea, pues invita a la indagación interior a través de su contemplación. Aquí la fotografía ha pasado a ser de una mera representación de la realidad a un instrumento de trascendencia.

Puerta rota

 

 

Silencio Interior – Escuela de Silencio

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