Observar sin reaccionar
Ahora tan solo lo vamos a observar sin permitirle la expresión. Lo vamos a observar sin reaccionar. No nos vamos a enredar en analizar el por qué está ahí, o por qué no. Ni tampoco permitiremos que emociones de autocomplacencia o autocompasión afloren y nos arrastren. Esta vez no. En esta ocasión solo vamos a tomar consciencia de eso que está ahí y permitirle que con la atención concentrada en la observación, pierda más y más fuerza cada vez que vuelva a emerger a la superficie hasta que, finalmente, termine diluyéndose para siempre de nuestra consciencia.
Permitiremos, pues, que emerja a la superficie del lago de la consciencia todo lo bueno y todo lo malo que hay en nosotros, pero, insistimos, no vamos a hacer otra cosa que observarlo sin reaccionar.
Este punto es de una importancia vital pues si el objeto que emerge a la consciencia nos obliga a reaccionar y nosotros abandonamos la postura de meditación y con ello la atención y concentración, ya nos habrá dominado una vez más.
Pero, si por el contrario, somos capaces de observar sin reaccionar, ese objeto se va a diluir ante nuestra observación pura y desapasionada, erradicando de nuestra mente para siempre el objeto que antes nos dominara.
Así se purifica la mente. Así se obtiene la voluntad. Así se amplifica la consciencia de sí. Así se obtiene la liberación de la persona.
Nunca es la persona quien se libera sino que eres tú quien se libera de la persona al comprender de forma directa el proceso que, momento a momento y situación a situación, ha dado lugar a la formación de la personalidad.

