La realidad siempre es ficticia, su percepción es una ilusión óptica condicionada a una interpretación subjetiva que oscila entre los márgenes de lo pragmático, sin que en ningún caso se pueda conseguir la pureza extrema, pues incluso tal deseo sería también subjetivo.

La visión de la luz que tuvo Van Gogh, junto a la percepción espacial que tuvieron Velázquez, Da Vinci o Dalí, y las formas etéricas que el Greco plasmó en sus lienzos obedecían a un estado de consciencia acrecentado que despertó una percepción diferente de la realidad. Eran pues visionarios.

Visionarios que después el mundo, en su ignorancia, los catalogó de artistas. Tales visionarios percibieron una realidad diferente y fueron capaces de transmitir su percepción a través de sus obras. Plasmaron una visión diferente e invitaron al mundo a compartir tal percepción.

Captaron otra realidad y la dejaron plasmada a través de las artes: literatura, pintura, escultura… y en los últimos dos siglos también con fotografía. Aunque captar la realidad objetiva pudiera parecer la principal característica de la fotografía es una labor condenada al fracaso de antemano, pues siempre va a estar condicionada por la subjetividad del fotógrafo.

La respuesta a los por qué, dónde, cómo y cuándo, siempre va a obedecer a una respuesta subjetiva, por mucho que se intente lo contrario. Si capturo la imagen de un fragmento del mundo en una fracción de tiempo, lo que en realidad capturo es un instante de consciencia. Tiempo y espacio se condensan sobre una superficie plana, bidimensional.

Captar un instante de consciencia, de darse cuenta. Ese es el milagro y la magia de la fotografía. Esa es su característica real. Captar una percepción visual para poder compartirlo con los demás es también compartir el milagro de estar vivo.

La fotografía capta la impermanencia. La luz y el motivo o tema cambian constantemente. No es posible obtener dos fotografías iguales. Por lo tanto, la fotografía pura es una utopía, una quimera fruto de la proyección mental. Tal intento de pureza es una visión subjetiva como cualquier otra.

El visionario está más allá de las corrientes del momento y cuenta con libertad total a la hora de plasmar su visión. No está limitado a gustos, estéticas y corrientes del momento. Mucho menos condicionado a motivos económicos.

Tampoco está sometido a su propia visión. La percepción de ayer fue ayer, hoy puede ser otra. La percepción interior cambia del mismo modo en que fluctúa el mundo exterior. En última instancia, mundos internos y externos no dejan de ser el reflejo de lo único que Es.

Nadie tiene la última palabra sobre este tema, a menos que tal término sea: libertad. El visionario es aquél que ve aquello que el resto no percibe. No necesita comprensión ni reconocimiento. Su visión está ahí para quien la quiera ver.

 

21 de junio, 2020

Visionarios