Me doy cuenta de que sólo fotografío aquello que está en mi interior. Es obvio, si no está en mi propio microcosmos ni siquiera lo voy a ver. En realidad, fotografío el reflejo de mi mismo, de aquello que soy. Ese motivo, hermoso o feo, forma parte de mí. Por ello, al verlo me reconozco al tiempo que experimento un anhelo de fusión que la fotografía me permite materializar.

Así, fotografío objetos, naturaleza, personas… ¿Por qué? Porque me reconozco en lo que percibo. El mundo y los demás son el reflejo de mi ser. Soy yo. Todo está en mí. Ante semejante reconocimiento brota el anhelo de fusión que permite la fotografía. Contemplado desde esta perspectiva, la fotografía puede ser considerada como un acto de comunión.

No se fotografía a los demás, sino a uno mismo. Entonces, toda obra fotográfica pasa a verse convertida en un enorme autorretrato distribuido a lo largo del tiempo. El mundo y los demás reflejan mi verdadera identidad en la que me descubro en cada nueva toma. Todo es mi reflejo. Cada imagen es un fragmento de mi interior.

La fotografía comenzó siendo una ventana al mundo para verse convertida en un espejo, en un instrumento de autoconocimiento. Eso que llama mi atención descubro que soy yo, y por eso mismo lo fotografío sin mayor pretensión. No se fotografían objetos, naturaleza ni personas, se fotografía a uno mismo. Esto no es una reflexión sino una experiencia. Habrá quien así lo experimente y quien no, dependerá del nivel de sensibilidad y comprensión de cada cual.

Para mí -y escribo por propia experiencia-, fotografiar es materializar un instante de consciencia y hacerlo puede llevar al despertar de la consciencia. En apariencia, sujeto y objeto parecen ocupar un espacio diferente. No es cierto. Al tomar la fotografía se constata cómo ambos desaparecen en una experiencia de unidad. Durante el instante que dura el “click” del disparador se es uno con lo fotografiado. Esta es la verdadera magia de la fotografía.

Considero a cada darse cuenta como una toma de consciencia de mi propia naturaleza, la cual es inherente a todos los seres. No estoy separado de nada ni de nadie. Cada fotografía es en sí misma un fragmento del microcosmos que creo ser. No hay ninguna historia narrada en las fotografías, todas ellas tan solo son el reflejo de mi propia realidad, un instante de consciencia materializado a través de la cámara.

5 de junio, 2020

Reflejos de lo único