Naturaleza inefable

Era verano y mi prima María José se fue a vivir a Vera (Almería), por lo que decidimos acercarnos a verla y de paso aprovechar para volver a Cabo de Gata, paraíso de la fotografía. Con mi prima pasamos un día entero. Comimos paella, paseamos por la playa, e hice fotos que se las envié a los pocos días de regresar a casa.

¡Qué fotos más buenas hace tu cámara! Fue la respuesta que obtuve. La cual, en un principio me hizo gracia, pero después fue motivo de reflexión. Era evidente que detrás de la risa irónica ante semejante respuesta se encontraba un ego dolido en su amor propio, pues ¿quién sino yo había hecho aquellas “magníficas” fotos?

Sin embargo, después, una vez trascendido aquél ridículo enfado, la ironía se tornó en pregunta: Realmente, ¿quién tomó aquellas imágenes? Bien mirado, no hice nada, excepto encuadrar y pulsar el botón. Luego, en verdad ¿quién tomó aquellas pocas decenas de capturas?

Al no aparecer respuesta alguna en mi mente, me llegué a sentir sin entidad individual y parte de la cámara. Comprendí que las cosas suceden sin que nadie haga algo por ello. En nuestro ilusorio juego gustamos creer, imaginar, suponer… que sí, que soy yo quien hace la toma fotográfica a ese paisaje, objeto o persona, pero no es cierto.

El acto fotográfico sucede. La cámara registra y el fotógrafo es un operario al servicio de algo superior que le maneja igual que a una marioneta. La cámara es un objeto también al servicio de algo que supera nuestra mente y que sólo durante un fugaz instante es posible intuir el vislumbre de ese algo que nos supera, cuya naturaleza es inefable.

10 de enero, 2020

Naturaleza inefable